Emprendiendo el camino a la maternidad —la lucha, la tristeza, y la esperanza

Es el mes internacional de la mujer, y pensé que no podía haber un mejor momento para contarles la historia (con aprendizajes incluidos) de nuestra búsqueda por un bebé. Esta historia, es también un desahogo, y un grito de guerra para todas esas mujeres que están intentando tener un bebé,  para aquellas que ya son madres, y las que no lo son por decisión propia.

Luego de pocos meses siguiendo instrucciones de una aplicación para medir días de ovulación, salí embarazada. Los dos estabamos sorprendidos de lo rápido que fue, no habían sido ni tres meses y ya yo estaba embaraza, ¡genial! Las semanas fueron pasando y las ilusiones y planes se hicieron dueños de nuestro día a día, desde el sexo hasta el nombre, hasta qué otros idiomas teníamos que hablarle en casa ( Eran decía hebreo, yo insistía en español), los dos futuros padres nos sentíamos las dos personas más afortunadas en el planeta. Habíamos trabajado muy duro para lograr todo lo que hoy tenemos, nuestras carreras, el amor y compromiso que nos tenemos, todo ha sido fruto de dedicación, esfuerzo, y resistencia, características que nos definen a ambos. Nada nos ha llegado fácil, todo ha sido resultado de una lucha tras otra. Así que era natural que al estar listos para un bebé, le ibamos a poner todo para alcanzar esa meta, y lo ibamos a lograr. O al menos así pensabamos.

Antes de compartir la noticia con nuestras familias, nos enteramos que mi embarazo no estaba avanzando como debía y había empezado un aborto espontáneo en la semana 10. “Esto es común”, me dijo la doctora. “No es algo que hiciste tu, y es común que mujeres tengan pérdidas”. Lloramos, nos desahogamos y Eran me dijo, “Esto es sólo una piedra en el camino, no es el final, vamos a seguir intentando”. Me tomé una semana de descanso y tuve la suerte de poder ir a Venezuela y estar con mi gente. Lloré, me enfadé, cuestioné, pero me recuperé. Y aunque por dentro tenía muchas emociones nuevas y desconocidas, fui recuperandome hasta volver a ser yo.

Decidimos ver a un doctor de fertilidad (gracias a la insistencia de mi hermana del alma), para tener otra opinión ya que mis cirugías pasadas (fibromas uterinos) podrían haber dejado a mi útero un poco delicado para un embarazo. Luego de la primera cita con el doctor B, Eran y yo tomamos la decisión de intentar IVF (o FIV, fecundación in vitro en español). Si bien sólo habíamos intentado un par de meses y ya había salido embarazada, quisimos una alternativa dado mi pasado clínico. La idea de tener que inyectarte tu misma dos veces al día, y tener que sacarte sangre y hacerte ecografía vaginal cada 3 días, no es divertido. Así que tomé un respeto aún más grande a todas las mujeres y las parejas que pasan por esto. Yo le puse onda, iba al consultorio con una sonrisa de oreja a oreja, Eran hacía preguntas al doctor, y así fuimos creando un vínculo con nuestro equipo médico. Nos veíamos todas las semanas así que ya eran como familia. Al completar mi extracción de óvulos, el resultado fue increíble, ¡33 óvulos! El doctor estaba en shock, no es una cantidad habitual. Así que muy entusiasmado el doctor dijo que era una mujer muy fértil.

El siguiente paso era fecundar el óvulo con el semén y así obtener los embriones para implantarlos en mi útero. De los 33 óvulos, obtuvimos 17 embriones viables, otro número asombroso. Si quieres ponerlo en contexto, ¡serían 17 bebés! Doctor B no podía de la emoción, nunca vió tantos embriones de buena calidad en sus años como doctor de fertilidad. Decía que la calidad era de la mejor, y que eran embriones hermosos. Nosotros nos sentíamos muy positivos con todos estos avances así que teníamos certeza y fe que el embarazo sería positivo. Al primer intento, no agarró. No llegué a los 10 días de espera cuando la menstruación se hizo presente. Otro golpe, fue más duro esta vez. Un par de días antes de navidad, Eran y yo lloramos otra vez.

Después de esto, me tomé un tiempo de descanso antes de intentar de nuevo. Hice acupuntura, retomé yoga y mis ejercicios, y le bajé dos al estrés laboral. Hasta empecé unas terapias emocionales a través de la decodificación para ayudar a mi cuerpo y mente sanar y abrir camino a una nueva vida dentro de mi. Me sentía lista, ¡esta vez si iba a funcionar! Y funcionó. Luego de implantar dos embriones, mi examen de sangre salió postiivo. Estaba embarazada. Esta vez la familia se enteró de inmediato porque sabían que estabamos haciendo FIV, así que compartimos y celebramos con ellos. Me estaba sintiendo bien, todo venía como esperabamos. Doctor B y el equipo médico me abrazaron de felicidad y juntos esperabamos los días para le ecografía que nos mostraría el latido.

Como les dije al principio de este post, Eran y yo somos luchadores, sobrevivientes. Yo perdí a mis padres de niña, y me tocó echarle un doble camión de bolas ( como decimos en Venezuela) para llegar a donde estoy. Y Eran, aunque tiene a sus padres, le tocó vivir el dolor del holocausto muy de cerca por su abuela, quien logró escaparse de un campo de concentración. Lo que más tenemos en común Eran y yo, es el instinto de supervivencia y lucha, de que nada es fácil, pero que lo podemos lograr. Dos semanas después de la buena noticia, empecé a sangrar sin parar. Eran tuvo que llevarme al hospital donde me tuvieron toda la noche en la sala de emergencia. Tuve otro aborto, confirmado. Y esta vez, fue la más dura de todas. Melissa, la luchadora, la mujer maravilla, se desplomó como nunca.

Eso fue sólo mitad del viaje, lo que ahora les voy a compartir son esas emociones muy íntimas, muy personales que sentí durante las semanas post aborto. ¿Por qué compartirlo? Porque me di cuenta la soledad que se siente cuando pasas por esto, sin saber que hay muchas mujeres pasando por lo mismo, porque también me sentí culpable al recordar todos los comentarios de amigas y conocidos que en algún momento me juzgaron por no tener hijos cuando era más joven y, porque me ayuda a mi también,  a reconocer que soy humana, y que aunque tengo el control de mi vida, no tengo el control de muchas cosas, y eso, está bien.

Durante las dos semanas que estuve llorando cada vez que veía la foto de una recién embarazada en IG, o al ver un bebé en la calle, o simplemente estando en la soledad de mi casa, me di cuenta cómo te afecta tu entorno aunque tu no lo sepas. Recordé cuando, años atrás estando en otra relación de pareja, algunas amigas no paraban de preguntarme qué estaba esperando para tener un bebé. No faltaba un comentario de la edad, o de no saber lo que me estaba perdiendo al no tener un hijo. No era que no quería tener un bebé, era que no estaba en el mejor momento para tenerlo, o como decía yo, “no estaba inspirada a tenerlo”. Pero parecía que eso no importaba. Como si yo no tenía el derecho a buscar el momento o la persona correcta para asumir el proyecto de vida que es un hijo. Me juzgaban. Pero yo, en ese momento, confiaba en que mi decisión era la correcta.

Hoy, luego de dos pérdidas, recuerdo todos esos comentarios. En este preciso momento, es cuando reaparecen como una pesadilla recurrente, y me lastiman, más que nunca. Esos comentarios, de años atrás, hoy, me hicieron dudar de las decisiones que tomé. Me hicieron sentir culpable, porque he tenido dos abortos y “seguro es porque esperé tanto, o porque no lo tuve antes de tener fibromas en el útero”. “Si hubiese tenido un bebé con aquel novio, nada de esto hubiese pasado”, ¿no?. También me di cuenta la ironía con la cual tenemos que vivir las mujeres, que desde jovenes, nos insisten en no salir embarazadas, no “meter la pata” porque te vas a destruir la vida. Y luego, cuando ya por fín, estás económicamente y emocionalmente estable para tener un bebé, entonces ahí, ¡no puedes!

Luego de varias semanas de tener que enfrentarme con esos fantasmas, y con los temores de intentarlo de nuevo y que no funcione, he ido saliendo de mi coma. Me permití estar triste, llorar, no trabajar, ni cocinar. Me permití tomar Coca Cola y comer cotufas de cena, me permití ver 20 capítulos de Friends hasta dormirme en el sofá. Me permití llorar en un baño público, y contarle a un compañero de trabajo para sentir el apoyo de alguien en un momento en que me sentía sola. Me permití soltar el control, y ser humana. Sentí apoyo de personas que apenas conozco, como mi profesora de yoga, quien al enterarse me abrazó fuertemente. Y durante todo este proceso conté con mis increíbles mujeres que estuvieron ahí para darme apoyo, escucharme llorar, y no juzgarme. Y todas ellas me dijeron lo que tenía que escuchar, “Todo lo que sientes ahora es válido, dejalo fluir”. Y así hice. Identifiqué y acepté todos los sentimientos que aparecieron, y los dejé vivir conmigo por varias semanas.

¿Y saben qué? Llegué a la conclusión que no hice nada malo. Las decisiones que tomé hace diez años fueron las correctas. No es mi culpa que no he podido tener un bebé, y no cambiaría ninguna de mis decisiones. Hoy, quiero tener una familia, con el hombre que elegí para ser mi compañero de vida. El llegó a mi vida, y me inspiró a tener una familia. Yo quise esperar hasta sentirme inspirada (sin saber si Eran iba a llegar o no), no quería tener un hijo por tener un hijo. Quise vivir experiencias, viajar, crecer, y lograr una carrera exitosa. Yo elegí, y hoy sigo eligiendo.

Aunque soy súper fertil, y Eran y yo hacemos embriones hermosos (según Doctor B), no es garantía. Se los digo para que no pierdan ánimos si pasan por FIV y terminan con dos o tres embriones, porque aún puede darse. Nosotros podemos seguir intentando, y aunque ahora estoy tomandome un break, estoy segura que volveremos a intentar. Eran y yo tendremos nuestra familia, como sea. Como me dijo mi hermana Flor, ser padre no significa llevar al bebé en el vientre por nueve meses, se trata de todo lo que viene después de eso. Así que si nos toca buscar un vientre en alquiler, o incluso adoptar, lo haremos. Porque somos luchadores, y los luchadores no se rinden.

Esto va dedicado a todas las mujeres que han luchado por tener una familia y las que sigan luchando igual que yo.

 

 

 

 

 

4 thoughts on “Emprendiendo el camino a la maternidad —la lucha, la tristeza, y la esperanza

  1. Claro que van a tener una familia hermosa, con hijos, de una manera u otra! Y como dices tú, tenemos el control de muy poco, y cuando aceptamos eso la vida se lleva mejor, sin mirar atrás y me atrevo a decir que todo florece! Sugiero que hagas todo como si no lo estuvieses buscando, es el mismo consejo cuando estamos buscando “the one”… cuando ya forma parte de nosotros le decimos a otras “it was meant to be”… pues lo mismo! Chill out, mientras se alinean las estrellas! Besos y abrazos! Y gracias por compartir tu experiencia. Muchas veces se entiende mas lo que vivimos viéndonos en el espejo de otros.

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  2. Mi amiga del alma… la venezolana mas linda. Nada mas ciertas tus palabras y las de tu amiga Flor.
    No tenés que tener un hijo por que tenes la edad, lo tenes que tener por que se sentis algo adentro estabando con Eran que sabes que ese amor se tiene que expandir. Y que entre los dos pueden repartir amor a mas personitas.
    Les deseo paz para llevar esta aventura de la manera mas tranquila posible. Paciencia por que esto tiene muchas vueltas impensadas y que estén iluminados para que puedan ver su camino para llegar a ser la familia que desean. Los quiero mucho y los abrazo fuerte desde aca.

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  3. Meliiii solo Dios en su tiempo perfecto concederá los anhelos de tu corazón. Nadie dijo que para ser padres los caminos a transitar son sencillos o bonitos… La única garantía que puedo darte en mi caso personal es que la recompensa es tan grande, tan matavillosa, tan intensa y gratificante que te das cuenta de que lo difícil es lo más verdadero que se tiene porque al costar tanto lograrlo podemos darle su verdadero valor. Un abrazote con todo mi cariño! Pronto celebraremos las buenas nuevas del modo en que sea posible. Dios les bendiga ❤️

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